El Bolsomaníaco

Estar en pareja y no discutir es imposible. Y eso está muy bien. Porque, aunque muchos sigan sin entenderlo, estar enamorado no significa estar obligados a renunciar a nuestros gustos y convicciones. Pero el verdadero problema de todo este tema, es no poder discutir con “tranquilidad”. Sí, leyeron bien. Porque nadie puede negar que saber discutir es todo un arte.

Y nosotras sabemos de eso. Sabemos de los tiempos, los silencios y las cadencias necesarias que toda buena discusión merece. Manejamos los tonos, el ritmo y los “sollozos”. Sabemos con qué frase empezar, y también sabemos cuál es el momento indicado para hacer un silencio sepulcral y dejarlo al otro pensando. Claro, que todo esto se complica cuando tu corazón es traspasado por la cruel y siempre mal direccionada flecha del “bolsomaníaco”. Porque para él cualquier situación de estas se transforma en una tragedia.
Es decir, frente a cualquier planteo o reclamo que venga de nuestra parte, se siente perdido. Entonces, como su incapacidad para poder seguirnos “el hilo” le resulta intolerable, después de algunos minutos (y justo cuando la cosa se empezaba a poner interesante) nos amenaza con armarse el bolsito y huir. “ Mirá que me armo el bolso y me voy…”, nos advierte con la voz entrecortada (lleno de inseguridad y de miedo) pero haciéndose el canchero. Y lo único que espera es que le roguemos que se quede. O mejor dicho, quedarse y que nos callemos, es lo único que le importa.

De manual, el psico-bolsomaníaco (con cero capacidad de retórica, pero que de idiota no tiene un pelo) logró desarmarnos. O dejarnos sin palabras. Que es prácticamente lo mismo. Por eso, reconocerlos a tiempo es vital. Por las dudas, el bolsito siempre está listo y en la puerta. Yo, elijo quedarme con mi dignidad.

Por Luciana Prodan (Revista Para Ti, Octubre 2015)

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